martes, 22 de julio de 2014

Encuentros de lectura, nos visita Hernán Firpo



En un clima de cordialidad e interés se desarrolló  el último Encuentro de esta primera mitad del año en la Asociación de Ex alumnos del CNBA. Nuestro invitado fue  Hernán Firpo, autor de tres novelas digitales, dos de las cuales ya pasaron al canon del papel: "Escupir" y "Todo lo que maté". 
¿Por qué y para qué escribe un escritor? Acaso Firpo nunca se haya planteado su quehacer en términos de cuál es su poética. Sin embargo, indudablemente posee una, potente y personal. Firpo desconfía de la historia. "Cuando empieza a fluir, yo me corro", dice, refiriéndose a la trama mínima de "Todo lo que maté". En cambio, busca una escritura donde dejar una marca, en la que haya algo propio, el registro de un viaje interior. Y es esa misma escritura, catártica, fragmentaria, no domesticada ni clasificable en géneros, la que privilegia a la hora de leer. "Ya pasó Chandler, ya pasó la rubia seductora del policial, todo eso lo absorbió el cine" afirma.

Escucharlo es asistir a un desfile de opiniones y críticas enhebradas en un recorrido ágil y exhaustivo de nombres y tendencias, editoriales y títulos de escritores insospechados o inhallables; es, también, conocer a un lector de fuste. Firpo va en una dirección, salta de un tema a otro, suma digresiones, vuelve a la anécdota del principio. Nos deja la imagen de un hombre escribiendo en el medio de la casa, en un lugar por el que mujer e hijos pasan de los cuartos a la cocina, apenas protegido de la intemperie de las obligaciones cotidianas por el humo de un cigarrillo. Pero lo que más se agradece es que, al mismo tiempo que piensa y escribe, este autor nos devuelve la oportunidad de otra mirada. Una mirada lúcida, lúdica, que desarma la escena de certezas y permite ver las cosas distintas de lo que parecen. Que nos incita a preguntarnos si amoldarnos o no a la habitual impostura con que se presentan, reverenciar sus máscaras o tolerar los desbordes de multitudes de egos.



martes, 27 de mayo de 2014

Un detalle trivial


Un detalle  trivial

          

Habían decidido pasar las vacaciones en  su “rincón del paraíso“, como lo llamaban. Ernesto manejaría, como siempre. Ella tendría un rato para abstraerse del mundo. Miró a sus hijos en el asiento de atrás y sonrió. Se  dormirían enseguida. Qué afortunada era de poder escapar por unos días de la ciudad. La visión de esas avenidas sin sol, atiborradas de carteles, tránsito y agitación inútil, acrecentaba su propia inquietud. Cerró la ventanilla. Por lo menos, así evitaba el ruido.
Unos minutos después, el auto subía el ramal que tendía la autopista. A Alma  se le antojó una burlona lengua de hormigón. Rotó los  hombros y movió la cabeza a un lado y al otro para asegurarse de que estaba relajada. El telón blanco de edificios,  las villas  y alguna fábrica quedaron atrás. Por fin, el horizonte se abrió y predominó el campo. Alma volvió a mirar a sus hijos  y ella  también cerró los ojos.
Unos kilómetros más adelante, a ambos lados de la ruta, divisó el caserío que llamaban “el pueblo”. Un cartel verde. Doblaron internándose en una zona de pequeñas quintas. Alma abrió la ventanilla y respiró el aire de campo. Lo de Sánchez estaba abierto. A un par de cuadras de Lomas del Cardenal, por su cercanía con el barrio privado, lo que había empezado como un almacén en un garaje, era ahora un completo autoservicio con varias góndolas. Unos metros más y llegarían. Al frente, la ruta desembocaba en un alambrado con un arco de entrada al centro.
—Buenas tardes, señor— dijo el hombre de la guardia y les entregó una revista.
Ernesto sacó un brazo por la ventanilla, deslizó una tarjeta sobre un poste y la barrera les abrió paso. Flanquearon una alta arboleda detrás de la que se veían cuidados chalés y jardines prolijos. Las calles de ripio, con lomos de burro, obligaban a conducir despacio. Cruzaron a unos chicos en bicicleta, bordearon una cancha de hockey y se detuvieron frente a una casa  de ladrillo con postigos blancos.
Alma hundió las sandalias en el pasto húmedo, estiró los brazos. El cielo abierto, el rumor de la brisa agitando las hojas de los tilos, el olor a tierra mojada y plantas, le producían siempre la misma sensación de alivio. Como si  en aquel lugar saciara una sed de naturaleza, aunque más no fuera con un trago de esa naturaleza domesticada, geométrica y podada con regularidad.  Abrió la puerta del auto a sus hijos y los apuró a salir. El más grande fue en busca de los amigos. Como de costumbre, no volvería hasta la hora de la cena.
—¿ Nos ayudás a bajar las cosas?— le preguntó al menor.
Ernesto les alcanzó una bolsa liviana que Pablo cargó con orgullo. Alma entró a la casa y abrió las ventanas para dejar entrar el aire limpio. Le gustaba estar allí. Descargaron los bártulos y acomodaron los alimentos en la heladera. Cuando terminaron la tarea, Ernesto y ella se abrazaron. Era parte del ritual.
La luz de la tarde aún permitía  disfrutar  del jardín. Alma rodeó la casa. Los plantines que su marido había puesto en primavera ahora se habían transformado en grandes manojos de alegrías del hogar, desbordantes de flores rojas. Ernesto la consultó sobre la ubicación de la pileta de lona. Decidieron que iría junto al cerco. Alma fue a la cocina. Por la ventana, vio a Zulema caminando junto a  su hija.
—¡Hola, por qué no pasan un rato!— las invitó.
Zulema era una vecina de la que se había hecho amiga al compartir largas charlas en la confitería o en la placita mientras vigilaban a los chicos. Su hija Andrea, una rubia de ojos asombrados, había adoptado a Pablo como compañero de juegos.
Enseguida se arrepintió. ¿Por qué invitarlas?  Si bien se alegraba de verlas, acababan de llegar y había mucho tiempo por delante para encontrarse.  A veces, Alma tenía la sensación de que la ansiedad le jugaba en contra, se desorientaba y entonces los mínimos gestos cotidianos podían ser un error, el camino hacia vaya a saber qué posibles desconciertos. ¿Qué estaría haciendo mal?
Ya era tarde. Zulema y Andrea avanzaban por el jardín. La niña se unió a Pablo, los dos observaban a Ernesto  armando la pileta. Zulema se acostó en una  reposera. Alma  la imitó.
—Todavía estoy vestida de ciudad— dijo. Señaló la pollera y las sandalias que llevaba. La amiga la miró de arriba abajo, escrutándola como suelen hacerlo algunas mujeres.
Era esa hora imprecisa que vibra al unísono de melancolías y añoranzas. El aire se espesaba, millares de gotas invisibles lo hacían denso y velos azules, uno sobre otro, iban apagando el día. Ernesto, sentado en el pasto, lidiaba con los anclajes de las patas de la pileta al caño perimetral. Zulema miraba. ¿A quién?  Alma  no podía saberlo. Veía la cabeza de su amiga vuelta hacia él. No tardó en sentirse invadida. Decididamente, se había apurado a invitarla; la conversación avanzaba  como un auto viejo por un camino poceado; Zulema bostezaba y Alma estaba allí, en la reposera, sin conseguir   relajarse ni disfrutar del atardecer.
Ernesto terminó de armar la pileta y entró a la casa. Cinco minutos después salió y tomó una  bicicleta.
—Voy a lo de Sánchez— explicó.
Fue un segundo. Alma se quedó con la imagen  de su esposo en bermudas y alpargatas, sin alcanzar a decir palabra. Se sintió culpable. Ella ahí, tirada, hablando tonterías, y él atento a la cena: habrían olvidado traer el pan o alguna otra cosa.
Los contornos de las plantas y los tejados vecinos se volvían más borrosos a cada minuto; el aire más fresco y el silencio más extendido. Zulema y la hija se fueron. Pablo, al faltar su amiga, notó la ausencia del padre. Fue hacia la calle. Alma lo siguió, intentó  convencerlo de que entraran a la casa.
 —Quiero ir con papá—  repetía Pablo.
 —Papá se fue— contestó  resignada. Sabía que Pablo se enojaría. Tenía  tres años y aunque ya era capaz de comprender a la perfección que si el padre se había ido, no podía llevarlo con él por más que protestara, estaba cansado y no entendería razones.
  —¡Quiero con papá!— reclamó. Se echó a llorar. Se puso en cuclillas y golpeó el piso. Después, corrió hasta la calle y se quedó mirando en dirección  a  la salida.
Alma lo alzó, le habló, le explicó. Siempre la conmovían las lágrimas resbalando por  las mejillas de un hijo, aunque el motivo fuera un capricho imposible de complacer. No hubo lógica que valiera.
—¡Papá!— continuaba llamando Pablo. Alma intentó calmarlo con caricias. Entonces él le pegó y se puso a darle patadas. Alma lo bajó de los brazos. Su hijo volvió a mirar el camino de ripio, a agacharse, a  golpear.
El hijo del vecino, un pelirrojo de unos once años,  se acercó curioso.
—Llora porque el papá se fue a lo de Sánchez— explicó Alma.
—¿ A esta hora? Está cerrado, vengo de ahí. ¿Uh, a dónde va a tener que ir?— dijo el chico. Conocía bien la zona porque la familia vivía en el barrio en forma permanente. Alma no se animó a preguntarle dónde había otro almacén. Pablo se había callado. En cuanto el pelirrojo se alejó, volvió a llorar con fuerza. Alma lo alzó de nuevo.
  —Papá ya va a venir— dijo en un susurro. ¿Acaso podía asegurarlo? Si el autoservicio, que quedaba a sólo  dos cuadras de la entrada,  estaba cerrado, su marido habría ido hasta el pueblo, o más lejos, por caminos de tierra, entre pajonales mal iluminados...  Por la ruta, de noche, en bicicleta. Se le apareció la última imagen de Ernesto, las bermudas que recién reemplazaban al pantalón de la oficina, las alpargatas negras, los pies tan frágiles en ellas, casi descalzos...
Miró el reloj pulsera: debían haber pasado más de veinte minutos desde que se había ido. Tenía que haber ido más lejos. ¿Adónde? Pablo lloraba. Le ofreció dar una vuelta a la manzana, ver si veían una lechuza blanca. La idea lo serenó. Para ella también sería bueno caminar, estaba inquieta.
Por un poco de pan... ¿Cómo lo había olvidado? Hacía un año que Alma había renunciado a su trabajo, se ocupaba sólo de las tareas domésticas, podría haberlo hecho  mejor. Si a la hora de preparar las cosas, hubiera pensado cinco minutos... ¿Un detalle tan  trivial podía cambiar la vida de la familia? ¿Y él? Esa omnipotencia suya... Irse así, de repente, solo, en bicicleta, teniendo el auto a disposición. Se vio a sí misma yendo a buscarlo, los faros enfocando yuyos y basura por los andurriales, hasta que de pronto iluminaban el cuerpo lastimado, inerme, en un zanjón... No, no era posible. Y sin embargo... los pensamientos de Alma, desbocados, galopaban hacia regiones hostiles. Si no hubiera invitado a Zulema, si no se hubiera distraído de sus obligaciones... ¿Qué iba a ser de ellos si algo le pasaba a Ernesto?
Entrevió la propia soledad, el ánimo desfallecido, inexistente para  contener a sus hijos. ¿Podría mantenerlos sola? ¿Dónde estaba el mayor? Ya debería haber vuelto… Miró el cielo agujereado de luces. Pensó en los navegantes, lejos de la costa,  en medio del mar. ¿Cómo  podían orientarse  al ver las estrellas?
Pablo se había calmado. Los dos eran tan pequeños caminando bajo la bóveda  negra. Y era tan grande el silencio que, más allá de las sombras de las plantas, lo cubría todo. Apretó los dedos de su hijo entre los suyos, los sintió dóciles. Ahora, era como si él la llevara de la mano.
Llegaron a la esquina. Antes de doblar, Alma se  volvió a mirar la casa. Fugaz como el sueño que se olvida en un parpadeo, la rueda de una bicicleta desaparecía detrás de las matas de flores, rumbo al jardín.   
María José Eyras



miércoles, 30 de abril de 2014

Marguerite Duras, la niña indómita de las letras francesas



A cien años de su nacimiento y treinta de la publicación de su novela más célebre, "El amante". ediciones y homenajes acompañan el suceso. La Alianza Francesa, entre el 21 y el 25 de abril, organiza un ciclo de conferencias multidisciplinarias, proyección de películas y encuentros. Al mismo tiempo, la editorial Paidós acaba de editar "La pasión suspendida", una serie de entrevistas que la escritora concediera a Leopoldina Pallota della Torre en 1989.

  ¿Por qué  la vida y la  obra de la autora de El amante han despertado toda clase de reacciones menos la indiferencia? A  cien años de su nacimiento, treinta de la publicación de la célebre novela , ediciones y homenajes acompañan el suceso. La Alianza Francesa, sede Córdoba, organiza un ciclo de conferencias multidisciplinarias, cine y encuentros. Del 21 al 25 de abril se realizarán mesas,  se proyectarán las entrevistas “Écrire” y “La couleur de mots” cerrando con el debate y proyección de “Hiroshima mon amour”, dirigida por Alain Resnais.  A la biografía novelada Marguerite, Intensidad y dolor de una vida de Sofía Buzoli  y los títulos que  viene editando Cuenco del Plata  se suma, en Argentina, un libro inédito en castellano: Marguerite Duras, la pasión suspendida/Entrevistas con Leopoldina Pallota della Torre. En traducción de César Aira,  estas entrevistas ofrecen la oportunidad de recuperar la voz singular de Duras. Concedidas a los setenta y cinco años, dan la sensación privilegiada de asistir  a la narración oral  de su vida. La entrevistadora,  con conocimiento exhaustivo de la trayectoria de su interlocutora,  evita las clásicas digresiones durasianas y custodia el orden: primero aborda la infancia en Vietnam; luego los años parisinos; más tarde los caminos de la escritura; la relación de Duras con otras artes;  y por fin, la pasión y los lugares,  ejes de su  poética.   
  Las respuestas deparan no pocas revelaciones. Della Torre comienza preguntando: ¿Piensa que tuvo una infancia especial? “A veces creo que toda mi escritura nace de ahí, entre los arrozales, las selvas, la soledad. De esa niña flaca y despistada que era, pequeña blanca de paso, más vietnamita que francesa, siempre descalza, sin horarios, sin modales, habituada a contemplar el largo crepúsculo sobre el río, la cara quemada por el sol.”  Este reconocimiento del lugar de la infancia en su obra es crucial. Duras se nutre del paisaje de desiertos y selvas en un mundo doméstico en el  que pervive  algo del orden de lo salvaje, un apego animal a la vida. Cuenta que comía pescado, arroz y al trasladarse a París no le fue fácil tomar los modales, el tono occidentales: “de pronto me vi obligada a ponerme zapatos y a comer carne”, dice. ¿Hasta dónde llega la influencia de esta infancia y adolescencia en libertad, a merced de una madre viuda, pobre y desbordada en la Vietnam colonial? La vida de Duras da la respuesta. De los años parisinos y su afiliación al PCF, precisa: Sigo siendo una comunista que no se reconoce en el comunismo. Para adherir a un partido hay que ser autista, neurótico, sordo y ciego en cierta forma” . Y luego, lúcida, tajante, agrega: “Todo intento de simplificar la conciencia del hombre tiene en sí algo de fascista”. También se  muestra contraria a los límites que imponen el feminismo, los géneros literarios y, desde muy pequeña, los tabúes y prejuicios sexuales. El mismo espíritu de niña indómita  se sostiene en sus vínculos de adulta, en la franqueza con que se refiere al alcoholismo, a  sus  relaciones con Mitterrand, Lacan, la homosexualidad y Yann Andréa, su último compañero. Duras responde sin ambages sobre Dios, la felicidad, el azar,  la relación de sus libros con aspectos de su vida; sobre sus contemporáneos Albert Camus,  Jean Paul Sartre, Nathalie Sarraute, Phillipe Sollers,  Georges Bataille, Roland Barthes,  sus disensos y coincidencias.  Pero es al escribir, en esa escritura  en la que se suspenden las reglas sintácticas y la linealidad expresiva, donde queda plasmado su espíritu sin sujeciones. A propósito de El amor, dice: “No es una historia de amor, sino todo lo que, en la pasión, queda en suspenso, en la imposibilidad de ser nombrado.” Esta definición, que ilumina el título de las entrevistas, puede, a su vez, aplicarse a  la escritura de Duras, a las pausas, los agujeros en un encadenamiento de significaciones que la constituyen.  Una escritura que –según ella misma la define– parte del habla y sus silencios; en la que el sentido se construye a través de estas suspensiones,  blancos que invitan al lector a desplegar su propio imaginario.
  ¿Por qué leer hoy a Marguerite Duras, entonces? Silvio Mattoni, autor del prólogo a las entrevistas, responde: “En la literatura, su huella es una excavación de la frase narrativa, que pierde toda clase de complementos, que se adelgaza como una cuña de acero clavada en la tierra de la lengua natal. En tal sentido, su legado sería el de leer y escribir sin concesiones, sin adornos, sin hacer frases bien armadas. Leer hoy a Duras es reencontrarse con una singularidad, un estilo que no tiene comparación. Quizá no se la lea para seguirla, ya que es inimitable como todo gran estilo, sino para recibir el impacto de una intensidad, para tener esa experiencia que también impulsa a seguir leyendo, vale decir, a seguir escribiendo, una vez más. “ Y es así porque  la niña indómita de las letras francesas se encuentra entre los contados autores que – además de escribir–  han logrado, sin duda, dejar la impronta de una voz propia.

Publicado en Cultura, Perfil el 13 de abril de 2014. 

domingo, 27 de abril de 2014

Este universo armonioso, crítica a Un detalle trivial, por Jorge Consiglio

Una nueva lectura de Un detalle trivial, con el talento que ya se ha hecho habitual en Jorge Consiglio para dar cuenta de un texto. ¡Gracias, Jorge!



Los narradores que usa María José Eyras en los relatos de Un detalle trivial parecen equilibristas. Los discursos transitan por una cuerda floja y cargan con la conciencia de que cualquier movimiento en falso bastaría para arrastrarlos al vacío. De allí que la incertidumbre funcione como clave en las inflexiones de su prosa –y de su prosodia−. Sus voces se alistan en la serenidad y en la cautela; no obstante, en los pliegues íntimos hierve, como un encrespado mar de fondo, el misterio de lo inacabado. En cada oración hay un doblez. Por una parte, se registra el transcurso simple del enunciado; por otra, la evidencia de una contención que atempera una voluptuosidad que aún ausente conserva vigencia. Este juego laborioso de tensiones es el que determina la temperatura y el tono de los textos. Los diez cuentos que conforman el libro son artefactos de riesgo, dispositivos que funcionan a alta presión cuyos puntos de fuga tienen que ver con la sensualidad y con la alternativa de una vida distinta.
En el cuento “Un detalle trivial”, una familia va pasar unos días a un pueblo de campo y no bien llegan el marido va a hacer compras en bicicleta y tarda más de lo que debería; en “Mundo cercado”, Oscar, personal de seguridad de un barrio cerrado, espía a la esposa de uno de los vecinos; en “En el balneario”, Ángela veranea en una playa con su marido y sus hijos y recuerda a Miller, un profesor de Historia del Arte con el que acaba de iniciar un romance. En la mayoría de los cuentos de Un detalle trivial, se plantea un universo armonioso de límites estrictos que funciona como blindaje de amparo y felicidad; sin embargo, la intemperie externa, que supone siempre amenaza, más allá de su peligrosidad, resulta un foco constante de descompresión.    

publicada el 6 de abril de 2014

lunes, 10 de marzo de 2014

Vuelven los Encuentros de Lectura

Por tercer año consecutivo, el jueves 27 de marzo se inicia el ciclo de  Encuentros de Lectura en la Asociación. Con autores invitados. Abierto y gratuito. La inscripción es por mail.

Aquí, la información: