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lunes, 10 de marzo de 2014
viernes, 20 de diciembre de 2013
Dijo Ñ
La escritura como insistencia
Narrativa argentina. El primer libro de cuentos de María José Eyras, “Un detalle trivial”, narra
historias de mujeres que necesitan manifestarse.
POR DIEGO DE ANGELIS
Una célebre confesión de Marguerite Duras inaugura Un detalle trivial, el primer libro de cuentos de María José Eyras. Aquella que señala la profunda significación de una experiencia determinante: la escritura. Y es la escritura la práctica que fundamenta cada una de las diez historias reunidas. La escritura como insistencia vital que subyace en secreto por detrás de la anécdota. La escritura cuando se convierte en el gesto más perdurable.
En “Fénix”, el relato que abre la serie, hay una secuencia fundamental por su proyección narrativa: una madre intenta componer una historia en la sección “Notas” de la agenda telefónica. Como puede lo hace, pues las tareas domésticas a su cargo la interrumpen. El deseo persiste inconmensurable, al igual que la frustración de no poder conquistarlo. Una colección de palabras reprimidas precipita la desaparición forzada y el testimonio de quien sí es capaz de referir la desventura, escribiéndola. “La vida se ha vuelto demasiado larga”, piensa y escribe en su diario íntimo la protagonista de “Las manos”. Porque sus hijos ya se han ido, porque el silencio con su marido se ha vuelto demasiado grande. Porque necesita un cambio y decide consagrarse a la música. De todas formas, no logra desenfundar siquiera el instrumento de su estuche.
Un detalle trivial presenta historias de mujeres que no pueden restringir el deseo de una manifestación arrolladora. Mujeres que escriben y recuerdan. Mujeres que se representan a sí mismas mediante una proliferación tempestuosa de pensamientos desbocados largo tiempo contenidos. “En el amasijo, distinguí un par de letras. Entonces desenrollé las pelusas con sumo cuidado y las puse bajo la lupa: eran sílabas, restos de palabras, oraciones inconclusas; todo en un empaste retorcido e ilegible”, escribe una de ellas. Sin embargo, otra escritura es la que precede a las demás. Una que organiza con precisión casi obsesiva las circunstancias narrativas, que ilumina con destreza ciertos detalles, los necesarios, y deja bajo las sombras los otros, esos que deben permanecer siempre allí, escondidos. La escritura de Eyras encarna el movimiento sutil del gesto que lo dice todo. El gesto de una mujer cuando escribe la voz de la mujer silenciada.
Enlace original
martes, 12 de noviembre de 2013
Primeras lecturas de "Un detalle trivial": Hugo Correa Luna
Por fin leyó Hugo Correa Luna, gran maestro, entrañable y generosa persona, como hay pocas.
Aquí, sus palabras:
Aquí, sus palabras:
Presentación para M. J. Eyras
(1 de noviembre, 2013)
Cuando nos encontramos a diario con lo trivial, simplemente lo dejamos de
lado, como aquello de lo que no vale la pena ocuparse o como algo a lo que
prestaremos una atención fugaz, tal vez un poco robada a nuestro tiempo; en
todo caso, en la larga ristra de los minutos que se llevan nuestro día, le
dedicaremos un par que nos distraiga un ratito. Y quizás, a veces, incluso,
después nos avergonzaremos un poco bajo la sensación de que hemos perdido el tiempo.
Ahora, escarbando alrededor de lo trivial, me encuentro algo inesperado: la
cantidad de palabras –sinónimos, diríamos si creyéramos en los sinónimos– con
que la lengua persigue eso: banal, superfluo, superficial, vano, vacuo,
desdeñable, también una pavadita, o –buscando recrear una y otra vez cierto
desprecio– una boludez. Hay más, claro, pero lo inquietante es todo lo que
invierte el idioma en lo que al mismo tiempo invita a clasificar como indigno
de atención.
Al leer este libro que María José, audaz y
generosamente, me invita a presentar, busqué como un poseso aquello trivial que
se promovía a la altura de título; de la obra y de uno de sus cuentos. Desde
ese momento, me instalé en una paradoja: la operación que pone el foco en
aquello que por definición habría que dejar a un costado, por su misma
naturaleza traiciona a su objeto. Nos obliga a la desproporción, lo arrancamos
de su trivialidad para hacerlo crecer, le dedicamos un tiempo, una atención que
no quiere, de la que huye. Por eso, es claro, nunca lo iba a encontrar: está
destinado a pasar desapercibido y cuando se nos presenta ya dejó de ser
trivial.
Por supuesto, repitámoslo: nada es trivial en un
texto. Todo está ahí para convocarnos y simultáneamente perdernos en los
múltiples sentidos en que se abre. Esto que ahora digo sí que es de veras algo
trivial por su obviedad.
Busquemos, entonces, por otros caminos. No perdamos
el tiempo en el descubrimiento del detalle trivial que nos propone María José
Eyras. Veamos qué hacen sus personajes.
Lo que hacen es situarse en una encrucijada, en un
punto en que toman conciencia del tiempo perdido, en una edad en que los padres
empiezan a irse y también los hijos, o en una edad en que el amor está asediado
por la costumbre. En todo caso, un momento en que se aparece la necesidad de un
cambio de rumbo: un presente repentinamente vaciado, un pasado que se percibe
como algo perdido y un futuro que no quiere parecerse a ese presente.
En suma, descubren que están hechos de tiempo,
irremediablemente. De una sustancia que, diría Agustín, ya no es porque es
pasado, o bien está siempre dejando de ser como es el presente, o que todavía
no es como el caso del futuro.
La narración también es puro tiempo, es el modo en
que manipulamos la experiencia del tiempo. Es el instrumento con que podemos
ponerlo en evidencia, mostrarlo como lo que es, desenmascararlo; es aquello en
que las tres patas, pasado, presente y futuro, son lugares concretos, a donde
se puede ir, y a donde los personajes de este libro efectivamente van. Nuestra
palabrita, trivial, después de todo, alude en su etimología a tres ramas
de un camino. Habrá un personaje que opte por el pasado, como ocurre en “El
mandado”; otro cuento nos deja en la esperanza –tenebrosa sin duda– de un
futuro que, deseamos, no ocurra, en “Mundo cercado”; otros optan por la
incertidumbre angustiada de un presente en el caso de “En el balneario”.
Hay, sin embargo, dos relatos extraños quizás al
cuerpo del libro. Curiosamente, se trata del primero y el último. Detalle nada
trivial, si se me permite. Esa ubicación me parece una sabia arquitectura del
libro: sabemos del incordio que es decidir un orden en un libro de cuentos.
Sabemos, también, que el lector no suele respetarlo. Pero ahí está y es otra de
las riquezas que nos ofrece Un detalle trivial.
Son dos relatos que profundizan lo enigmático.
Además, si en los otros el movimiento es, al cabo, un viaje hacia lo más
interno y recóndito de los personajes, estos dos son algo que va hacia afuera,
como soluciones distintas de la paradoja del tiempo.
El primero puede leerse como una metáfora de la
escritura. Su título, “Fénix”, lo ilumina con ese talento que María José tiene
para el detalle, para lo preciso de una comparación o una metáfora. Voy a decir
solamente que la solución al tiempo, en él, está en morir y renacer, que es lo
que ocurre con la escritura cada vez cae en manos de un lector. El mito del
eterno retorno.
El último, “La proeza de Leocadia”, también invoca
la posibilidad de trascender la muerte.
En ambos, un arte, de la palabra o del pincel,
firmemente ligado al cuerpo y a la vida, preside el proceso.
Según vemos, en este recorrido superficial que
hago, nada parece tan trivial como nos anuncia el título, que se vuelve una
ironía o una modestia de su autora.
Finalmente, como esto no ha sido más que una
lectura más entre todas las posibles y, también, como una presentación de un
libro es ante todo una invitación a la lectura, quiero decir algo menos banal:
María José escribe muy bien, su escritura nos lleva de la mano de una precisión
por zonas que, justamente, por imprecisas, requieren climas y tonos. En cada
cuento la palabra de María José Eyras nos va envolviendo en sus preguntas, en
sus sensaciones. En la narrativa algo de lo que se dice debe resonar en nuestra
experiencia, sernos familiar, y eso ocurre aquí al extremo de que pronto, sin
saber cómo, cada personaje, a medida que avanzamos en la lectura, casi
parecemos ser nosotros. Y cuando estamos a punto de serlo definitivamente,
aparece el enigma que nos cuestiona, nos llena de preguntas en las que cerramos
el libro para volver a abrirlo, como el ave fénix.
No es poco y yo le agradezco a María José la
existencia del libro y el honor de formar parte de su acontecimiento.
Muchas gracias
Hugo R. Correa Luna
Primeras lecturas de "Un detalle trivial": Cecilia Sorrentino
Cecilia, junto a quien coordinamos el taller de lectura "Una escritura propia", con su habilidad innata para encontrar fragmentos e ideas que iluminan un texto, dijo:
Voy a contarles algo a propósito de “La
proeza de Leocadia”, el último de los cuentos de este libro y mi preferido. Lo
leí hace mucho y me atrapó; quiero decir que sentí eso que nos sucede
cuando la ficción poética nos toca, nos conmueve. Ese encuentro inesperado que
después permanece en nuestro recuerdo.
“La
proeza de Leocadia” es un relato de otro tiempo, del tiempo en el que Goya
vivía sus últimas horas, así que estamos hablando de 1828. Recuerdo que en el
momento de mi lectura disfruté sobre todo de la voz que narra esta historia;
una voz que también resulta antigua. De modo que hice una “instantánea” y
guardé el relato como se guarda lo bello en la memoria: junto a lo verdadero.
No
lo pensé entonces, pero lo cito ahora: de esta verdad habla Aristóteles cuando define
a la poesía más filosófica y más verosímil que la historia. Mientras que la
historia cuenta acciones particulares de los hombres, la ficción poética nos
revela lo que los seres humanos serían capaces de hacer.
Me
gustaría compartir algo de esa voz antigua que, como les decía, se deja oír en este
cuento, así que voy a leerles la primera página:
–¡Leocadia!
El pintor la llamaba a cada instante.
Desde que la fiebre lo devoraba, Francisco
de Goya y Lucientes no se levantaba ni siquiera a mirar el atardecer por
la ventana, como acostumbraba al principio de su larga enfermedad.
–Leocadia, por favor...– repitió con voz débil. A Leocadia , que estaba en la cocina , le
pareció escucharlo. Apoyó el canasto con verduras sobre la mesa, al lado de
tres gallinas que esperaban para ser desplumadas, suspiró y se limpió las manos
en el delantal. Robusta y a la vez
delicada, Leocadia hubiera enamorado a Rubens. De hombros anchos, labios
finos, una rubia sensualidad asomaba
bajo las ropas campesinas balanceándose
en las escaleras.
Arriba, la habitación estaba en penumbras, como suele ser
hábito y necesidad de los moribundos. Leocadia entreabrió las pesadas cortinas
de brocado que dejaron ver un rectángulo de cielo y monte. La luz se derramó
sobre un arcón cubierto por un paño de seda, brillaron los frascos con
medicinas, el aceite en la tisana y el cuero del misal cerrado. Tomó la
jarra al pie de la cama y se acercó al enfermo.
La cabeza, que había recorrido su cuerpo multiplicándose en
bocas ávidas, caía hacia atrás. Amorosamente la levantó , hundiendo los dedos
en la cabellera oscura y desmelenada que
colgaba fuera del lecho como si también
estuviera exangüe. Beba, maestro, dijo mientras vertía agua en su mano y la
llevaba como cuenco a los labios de él.
Leocadia supo que no tardaría en
morir, que la habitación quedaría vacía y se iría con el cuerpo su secreto
placer: la certeza de saber que estaba allí. Siempre, a merced de sus deseos,
para poder mirarlo, escucharlo y atenderlo. Hasta ese día.
Quizás
un año o dos después de leer “La proeza de Leocadia”, encontré una obra
extraordinaria de Todorov: Goya a la sombra de las luces, publicada por Galaxia Gutemberg. Todorov
dice allí que las pinturas de Goya son ensayos filosóficos, que en ellas se
revelan las sombras del siglo de las
Luces. Dice que la pintura de Goya no es sólo visión, sino también pensamiento;
y que debajo del enorme pintor que fue, está el gran pensador que convirtió el
dibujo en un idioma con el que formular reflexiones al alcance de la más
elevada filosofía.
![]() |
| Brindando con Cecilia, minutos después. |
Y
acá viene la experiencia que quiero compartir con ustedes y que espero contar
sin revelar el final del cuento, aunque confieso que mi intención es la de
tentarlos con su lectura. Mientras leía a Todorov pensaba: claro, por eso
Leocadia hizo lo que hizo. Leía, y pensaba en Leocadia, en lo que ella
indudablemente sabía o no hubiera hecho lo que hizo. Dicho de otro modo: Todorov
estaba confirmando el relato de María José. Y por un instante, un instante maravilloso, yo
había olvidado que “La proeza de Leocadia” es una ficción. Pero es que es así:
cuando la ficción poética nos toca, cuando conmueve, lo hace como la revelación
de una verdad.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Primeras lecturas de "Un detalle trivial": Ariel Bermani
Aquí, en sucesivos posts, los textos de Ariel Bermani, Hugo Correa Luna y Cecilia Sorrentino en la presentación de mi libro. Las lecturas de un libro completan el círculo ( escribir–publicar– ser leído), es decir, completan el hecho artístico, me dijo Hugo con su bondadosa sabiduría, en el bar, cuando lo invité a la mesa. Estas que ahora comparto, de lectores de lujo, reconfortan en la soledad y la vacilación de la escritura, abren, con su lucidez, el juego.
Por orden de aparición, primero, las palabras de Ariel:
Por orden de aparición, primero, las palabras de Ariel:
¿Detalles triviales?
Una
lectura de los cuentos de María José Eyras
Ariel
Bermani
J.D.
Salinger le dedicó una parte importante de su obra a varios integrantes de una
familia de ficción que, al menos a mí, me cuesta pensar sólo en el marco de la
ficción. Me refiero a los Glass. Seymour, el primero de los hijos del
matrimonio Glass, con su suicidio en plena luna de miel, es uno de los
personajes literarios que siempre vuelven cuando leo, cuando escribo.
Como
muchos otros que le dedican una parte ancha y jugosa de su vida a la literatura,
pasé muchas horas discutiendo en talleres y en conversaciones con amigos el por
qué de ese suicidio. ¿Por qué se mató Seymour Glass?
Estas
son algunas de las sensaciones que genera la literatura de buena manufactura.
Creemos en lo que estamos leyendo. Pensamos que los personajes de ficción se
parecen a las personas. Incluso, muchas veces, nos sentimos más cerca de los
personajes de los libros que de las personas que nos rodean.
Si
menciono ahora a Salinger es porque mientras leía el libro de María José Eyras
me acordé de él. Y eso ya es una buena manera de pensar el libro que estamos
presentando hoy. ¿Qué tienen en común J.D. y María José? La prosa de Salinger
es acelerada e irónica, la prosa de Eyras es lenta y suave. Las historias de
Salinger están atravesadas por lo social y, en especial, por la segunda guerra
mundial. Las historias de Eyras se detienen en la vida privada, a sus narradores
les importa más el devenir cotidiano, la microfísica de las relaciones humanas.
¿Qué
los une, entonces? ¿Por qué Un detalle trivial me hizo pensar en la
familia Glass?
La
familia Glass, la familia. Creo que ahí está la clave. No es casual que el
primer libro de María José Eyras haya sido sobre la maternidad. Sus cuentos
piensan y problematizan la familia. Al menos el modelo que conocíamos hasta
ahora, ese modelo que empezó a resquebrajarse en las últimas décadas. Están
protagonizados por mujeres en crisis. De
todas maneras, para cortar la serie, también hay hombres en crisis, en Un detalle trivial. Como el narrador de “La pista de ceniza”. Hay otro
cuento, además de “La pista de ceniza”, donde los hombres llevan adelante la
acción: se trata de “Mundo cercado”. Cuando hablo de crisis me refiero a que
están insatisfechos, necesitan un cambio de aire, un cambio de vida.
Así
como suelo preguntarme por qué se mató Seymour Glass, me está pasando algo
similar, en este momento. Me pregunto qué les pasa a los personajes de María
José Eyras. Qué quieren.
“Las
manos”, tal vez el cuento más logrado de la serie, empieza así: “Es viernes. Me
había propuesto tocar el violín, hacer el intento de improvisar o por lo menos,
si no lo lograba, repasar las partituras para el ensayo del lunes. Pero como en
las últimas semanas, me he quedado detenida, dando vueltas, ordenando los
dormitorios. Sin decidirme, una vez más, a sacarlo del estuche”.
No hay
una apuesta por cambios estructurales, en este libro. No se cuestiona el género
cuento. No hay un intento de ruptura con la lengua, o un intento de incorporación
de nuevas maneras de pensar el texto narrativo. No le interesa, a María José
Eyras, trabajar con procedimientos literarios no tradicionales. Lo que
realmente le importa es ponerse en el lugar de sus personajes. El lado humano
de lo literario. No se trata de detalles triviales, justamente, lo que se narra.
Abrir o no el estuche de un violín, implica,
también, abrirse o no a la vida. Buscar otros modos de relacionarse. En eso
están los personajes de María José Eyras
y, a diferencia de la familia que construye Salinger en la ficción, las familias de María José no
se rompen, no se sienten fracasadas. Los personajes no se suicidan. Siguen su
camino, siempre, a pesar de que, la mayoría de las veces, no sepan cómo seguir.
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